El Centro Médico




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Autores: Sonia&Marite:
 
Lucía trabajaba desde hacía pocos meses en un prestigioso centro cardiológico de la ciudad. Era un edificio viejo de cuatro pisos, dentro había consultorios externos así como servicio de internación, cirugía de alta complejidad y contaba con una sala de terapia intensiva con los mejores medios tecnológicos posibles.
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Trabajaba como recepcionista, no tenía un horario fijo, iba tanto a la mañana, a la tarde como también a la noche. Se podría creer a simple vista que los horarios diurnos eran los más entretenidos y los de  la noche, los más tediosos. Pero con el pasar del tiempo, Lucía descubrió que no era así.

Una noche Lucía llegó un poco antes de su hora, todavía estaba Pablo, el chico del turno de la tarde. Se pusieron a charlar sobre cosas sin importancia, de manera distendida, amena. En la recepción había un mostrador donde informaban sobre cualquier tema a quien lo requería y atrás, una serie de armarios donde se archivaban papeles de diversa índole. De repente, unos golpes alrededor de los armarios les detuvo la conversación, parecía como si alguien estuviera pegando trompadas. Ante la mirada atónita de Lucía, Pablo la miró y con voz calmada le dijo -”acostúmbrate a ellos, los vas a escuchar muchas veces”-. Ella no pudo responder, le temblaba todo el cuerpo.

Pablo ya se fue, recuperándose todavía del sobresalto, Lucía se dispuso a trabajar como siempre acostumbraba,  las cosas pintaban tranquilas, iba a estar todo calmado. Tras un par de horas y para no dejarse vencer por el sueño, empezó a caminar por la zona cercana a la Recepción. El Dr. Aguirre salió de la sala de terapia intensiva, con paso firme y gesto malhumorado se le acercó:

- “Necesito las llaves del cuarto piso, tengo que acceder a la Farmacia; no sé porque dispusieron que permaneciera todo cerrado y las luces apagadas” – dijo el médico.
- “Fue una resolución de la Dirección, al cuarto piso por las noches casi no va nadie y es una forma de ahorrar energía” – dijo Lucía amablemente mientras le daba las llaves.

El médico, con gesto prepotente, tomó las llaves y se dirigió con paso rápido al ascensor, Lucía se le quedó mirando mientras se alejaba, un buen médico pero los modales no son su fuerte, pensó para sí. Apenas había nada que hacer, se aburría, menos mal que en su bolso siempre llevaba un libro, “La Historia de Lisey” de Stephen King, su escritor favorito. Sumida en la apasionante lectura, no se percató de la llegada repentina del médico, le miró sobresaltada, estaba pálido, con los ojos desorbitados, notó como le temblaban las manos al devolverle las llaves.

- “Perdón por preguntar Dr. Aguirre pero ¿se encuentra bien?”- le preguntó con curiosidad y asombro.

El médico, después de un largo silencio y tras respirar profundamente, le contó: – “Subí al cuarto piso, todo estaba oscuro, dejé la puerta del ascensor abierta para tenerlo a mano y de paso para que iluminara el lugar. Llegué a la Farmacia, como siempre hago cerré la puerta y me dispuse a coger los medicamentos que necesitaba, cuando noté como alguien intentaba abrir la puerta con brusquedad y casi como con desesperación, creí que sería algún enfermero que venía a buscar algún medicamento pero no entendía como no podía abrir la puerta si no la había cerrado con el seguro por dentro. Abrí la puerta, observé que no había nadie pero no sólo eso, el ascensor seguía abierto y el acceso a las escaleras cerrado, no entendía nada, no había forma de llegar al cuarto piso¡¡¡. Tuve miedo, una sensación como de que de la oscuridad me iba a asaltar alguien me descompuso, con desesperación entre en el ascensor, las puertas no se cerraban, tardaban, me agarré a darlas patadas en un intento de impotencia para que se cerrasen de una vez las malditas puertas. No creía en estas historias, ya no se qué pensar” – dijo el medico alejándose de la recepción.

Lucía se quedó sin palabras, muchas cosas se le cruzaban por su cabeza. Había escuchado ciertas historias pero ella siempre las tomaba como bromas pesadas entre compañeros y especialmente para asustar a los del turno de noche, como lo del teléfono que suena como avisador de muerte.
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Sin ningún incidente más, llegó la hora de salida. Cansada, se dirigió a su casa para descansar.

Pasaron varios días, sus turnos habían sido matinales, con el bullicio, el trajín de gente yendo y viniendo. Una compañera le pidió un favor, si se podían cambiar sus turnos, la tocaba el sábado por la tarde y tenía que asistir a una boda, – “tranquila, no te preocupes, no me importa cambiártelo” – le expresó Lucía.

Hacía muchísimo calor ese sábado, por ende había poquísima gente. Se le acercó Ana, una de las mujeres del personal de limpieza, iba a dejar el baño público de la planta baja clausurado, se había roto una cisterna y habían tenido que cortar el agua, quien lo solicitará, que lo enviara al servicio del primer piso.

Al cabo de una hora y sin nadie que circulara por la zona, sintió el ruido del ascensor, al mirar para allá se percató como un médico, mayor y extremadamente delgado, entraba en el baño clausurado. Renegando porque Ana no hubiese cerrado con llaves la puerta del baño, se acercó y tocó la puerta, – “Doctor, no puede estar aquí, el baño esta clausurado, suba al del primer piso por favor” – , una voz ahogada le contestó, -“espere un momento que ya salgo” -. 

Regresó a su sitio, tenía sed, aunque el centro disponía de aire acondicionado, era tal el calor que hacía en la calle que la temperatura de dentro no se la podía considerar como “fresquita”. Decidió ir a la máquina de bebidas, un refresco bien frío le sentaría bien. Al regresar se percató de que la luz del baño seguía encendida, -“encima se deja la luz encendida”- masculló para sí, se acercó e intentó abrir la puerta pero no pudo, estaba cerrada -“Doctor, no puede estar aquí” volvió a decir, y otra vez la misma voz ahogada le contestó -“ya salgo, espera un momento”-. Se apagó la luz pero el hombre no salió.

Enojada llamó al personal de seguridad, los médicos se creen que pueden hacer lo que les da la gana, murmuró indignada. Llegó un guarda mayor, le conocía sólo de vista, le preguntó qué sucedía,  -“un médico, al que nunca había visto, entró en el baño que está clausurado y no quiere salir”- le explicó Lucía. El de seguridad intentó abrir la puerta pero no pudo, echando mano de su juego de llaves maestras la abrió, pero ahí no había nadie. Con la cara desencajada por la extrañeza, le dijo al guarda que se iba un rato fuera, necesitaba tomar el aire. Sin entender el guarda lo que estaba pasando y preocupado por Lucía, le acompaño hacía la calle. 

Después de unos minutos en total silencio, Lucía le contó lo sucedido, jurando que era verdad, que un médico muy mayor y muy delgado entró al baño, le había hablado y que no había salido de allí. El de seguridad le dijo que le creía, pero que se tranquilizará y que mejor volvieran dentro, el calor en la calle era agobiante.

Pasaron un par de horas, gracias a dios había más trabajo y más movimiento, lo que le ayudaba a no pensar en lo sucedido. Se le acercó Paco, un celador de la tercera planta, -“¿te has enterado que ha muerto el doctor Fernández?”-,  -“¿quién era?”- preguntó Lucía, Paco le contestó, -“un médico muy mayor que trabajó aquí tiempo atrás durante muchos años, enfermó de cáncer y ha estado internado en el Centro, la agonía de los últimos meses le hicieron quedarse en los huesos”-, algo se la movió dentro, presintiendo la respuesta preguntó, – “¿a qué hora murió?”-,  – “a las cinco y media”- respondió su compañero. Lucía se quedo paralizada, a las cinco y media fue cuando se había apagado la luz del baño.

El resto de la tarde pasó, Lucía sólo podía pensar en sus dos días libres, necesitaba descansar, desconectar, con lo que le estaba pasando y los hechos sin explicación le estaba empezando a dar terror trabajar en el Centro. Llegó el martes, tenía que volver, la ansiedad y el nerviosismo que le invadía, le provocaba dolores de estómago.

Pasaron los días, turnos de mañana, todo bien pero llegó el viernes, la tocaba otra vez horario nocturno, sintió pánico. Cuando llegó a su puesto, todo estaba extremadamente tranquilo a tal punto que se sintió como en medio de un cementerio en plena noche, -“empiezo bien la noche, imaginándome en un cementerio”- pensó.
 
Eran las dos y media y sólo reinaba el silencio, esporádicamente se escuchaba a lo lejos el ruido de un coche por la calle. Estaba leyendo como siempre para vencer al sueño; el timbre del teléfono le asustó, atendió la llamada, era un número interno, el 417 pero nadie contestaba. Sólo sentía una tenue respiración al otro lado del auricular, colgó, una broma pesada pensó. A los pocos minutos otra vez el teléfono y otra vez el 417, descolgó pero nadie respondía. Volvió a suceder un par de veces más, ya se estaban pasando con la broma¡¡¡. De repente se dio cuenta, el 417 era el teléfono del despacho del Director General, extrañada y pensando que pudiese estar alguien sin autorización en el despacho del Director llamó a Seguridad, les explicó lo sucedido y les indicó que por favor fueran al despacho para comprobar si había alguien.

Al rato, el guardia de seguridad se le acercó, no había nadie arriba, estaba todo apagado y el despacho estaba cerrado con llave. Mientras miraba al guarda incrédula por lo que le acaba de decir, el teléfono volvió a sonar, el 417, asustada y a punto de llorar, Lucía le pidió al guardia que atendiera él. Así lo hizo, Lucía vio como el rostro del guardia se ponía pálido, ante la mirada inquisidora de ella, el guarda sólo pudo mascullar, -“alguien está ahí pero lo único que escuché fue un quejido, como si alguien agonizara”-.

Lucía no recuerda nada más, ni como apareció ahí, en el sofá de la Sala de enfermeras, Silvia, la jefa del turno de noche le estaba tomando la tensión, -“¿qué me ha pasado?”- preguntó Lucía, -“te has desmayado cariño”-, “pero… y el guarda, quién estaba en el despacho del Director”- consiguió balbucear, -“tranquila cariño, todo está bien, no es bueno hablar de ello, se enfurecen si lo hacemos”-, -“pero quienes se enfurecen¡¡¡”- gritó desesperada, -“ellos, son traviesos, sólo quieren jugar”-.

-“Te acostumbrarás cariño, todos lo hemos hecho”- le susurró suavemente en su oído.

                                      Centro medico

Esta historias está basada en los hechos ocurridos, extraños, en un centro médico real.

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Comments

  1. daiana says:

    excelente los felicito
    muy buena historia
    una pregunta, nunca entre aca asique…
    todos los días hay historias nuevas??

  2. Sonia&Marite says:

    Hola Daiana: gracias por tu visita y nos alegra que te haya gustado. Con respecto a tu pregunta, nos gustaria poner todos los dias historias nuevas, pero el investigar y luego escribir las historias nos lleva tiempo, ademas tenemos otros proyectos que atender tambien.
    Somos de la idea de no a la cantidad, pero si a la calidad, asi que nos tomamos con calma para hacerlas bien.
    Las historias que contamos aqui, que estan firmadas como Sonia&Marite, son historias que nos contaron nuestros conocidos, sucesos paranormales que realmente ocurrieron. No son historias contadas por gente charlatana, sino que verdaderamente les paso algo pero no tiene explicacion, tomamos nota de lo que nos relatan y la escribimos en forma de cuento.
    Por ejemplo, esta historia, “la del centro médico”, este centro medico realmente existe, es un lugar con prestigio, en el que ocurrieron y sigue ocurriendo sucesos que no hay explicacion logica.
    Espero que te hayamos aclarado y no defraudarte el hecho de no poder poner historias todos los dias, pero te invitamos a que nos sigas visitando. Cualquier cosa o sugerencia deja un comentario.
    Un beso y muchas gracias por leernos.

  3. Bryanne says:

    Keep up the good work.

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