Nada sería de Gouyan sino fuese por su pantano y su castillo; no es que el pantano fuese grande, sólo diez mil metros cuadrados pero su misterioso colorido y la tranquilidad que transmitía le hacía especial, muy apreciado por las gentes del lugar. Y el castillo, bueno, estaba en ruinas pero había sido antaño un enclave templario y eso, le hacía muy interesante y misterioso.

Del pantano se desconocía sus orígenes, algunos decían que se remontaba a la época del Conde de Belltange, noble del siglo XIII que las habladurías de la zona le situaban como Caballero Templario, valeroso guardián de secretos y de tesoros de la Orden, que hizo construir el embalse para el abastecimiento de su castillo y de sus dominios. Otros lo achacaban al Hospital de San Jaques, construido en plena I Guerra Mundial por la Cruz Roja francesa para su abastecimiento propio de agua. La verdad es que resultaba más apetitosa la primera historia, era más atractiva y le daba ese punto de misterio suficiente para atraer turistas al lugar.

Y además se añadía el toque de algún que otro ahogamiento, nada fuera de lo corriente, niños imprudentes a la hora de bañarse, algún borracho que otro que no sabía donde se metía… nada anormal ni fuera de lo puramente lógico al tratarse de un pantano.

Jan se encontraba exhausto, la frase hecha de “que necesito unas vacaciones” le venía como anillo al dedo, se lo merecía. Después de tres meses de arduo trabajo incluidos muchísimos fines de semana habían dado su fruto, el Proyecto había salido adelante y con la financiación necesaria para garantizar su éxito y su mantenimiento. Lo difícil estaba ya hecho, ahora sólo era cuestión de que su equipo tomase las riendas en su lugar.

Había decidido pasar sus diez días de merecidas vacaciones en algún sitio tranquilo, no quería playa, no quería aglomeraciones de gente, quería descansar, desconectar. Su amigo Phillip le había hablado de un lugar recóndito, un pueblo chico pero entrañable al norte del país, con una hermosura especial en sus paisajes, buen vino, buena comida e incluso en las cercanías, un misterioso pantano y lo mejor, hasta con un castillo templario. Ideal¡¡¡, eso es lo que buscaba.

Anochecía cuando llegó a Gouyan, encontrar el hotelito fue fácil, era el único del pueblo. Chiquito pero confortable, sólo ocho habitaciones pero cada una dispuesta de una magnífica chimenea. Todavía no era la época de frío pero si tenía que reconocer que se agradecía su calor por la humedad reinante. Esa noche durmió como un niño, de un sólo tirón, ningún ruido interrumpió su sueño, nada de coches, de voces… Paz, sólo la bendita paz y la ansiada tranquilidad.

No se despertó muy tarde, las nueve y diez pero lo mejor, había conseguido dormir casi diez horas. Después de su aseo personal, Jan en ese sentido era muy meticuloso, prefería dormir menos a quitarse tiempo para su aseo, bajo a desayunar al comedor que se encontraba vacío. O una de dos, o había pocos huéspedes o todos habían sido madrugadores y ya habían desayunado. Ojeó las mesas en búsqueda de algún periódico, siempre le gustaba leer las noticias mientras saboreaba el café de la mañana, encontró uno, local, de hacía un mes, pocas páginas y la mayoría con noticias y eventos de Gouyan. Algo es algo, pensó para sí.

Julia, la dueña le atendió en persona, el menú era rígido, café, zumo natural, croissant y revuelto de huevos. Tranquilamente empezó a degustar el desayuno mientras leía con detenimiento el periódico, era curioso, todas las secciones estaban mezcladas, bien se hablaba de la compra de la nueva depuradora para el pueblo como continuaba con un artículo donde se  elogiaba al equipo de fútbol local por su victoria frente al equipo de Crasent, un pueblo cercano. Jan se paró con atención en una noticia, Pier, un chaval de diez años había sido encontrado muerto y desangrado en la orilla del pantano, en las proximidades de las ruinas del castillo; había una foto del desdichado niño. Le llamó especialmente la atención no por el hecho en sí, esas desgracias ocurren siempre y en todas partes, las imprudencias de los niños casi siempre acababan en desgraciados accidentes, sino porque la noticia se encontraba en las páginas interiores mezcladas con otras de diversa índole. Algo así, en un pueblo tan pequeño y donde seguro que la población infantil es ínfima, merecía haberse destacado más, no sé, en primera página, pensó Jan.

El pueblo a pesar de su reducido número de habitantes era más grande de lo habitual, las casas estaban separadas entre unas y otras por varios metros de maleza, unos cien, calculó Jan. Curioso, el primer pueblo que observaba donde no se encontraba ni una casa pegada a la del vecino. Después de caminar por la tranquila y larga calle principal se topó con la Iglesia del pueblo, el último edificio. A primera vista, de estilo románico, sólida y fría pero cuanto más se acercaba, más podía apreciar algún elemento gótico.

Algo le llamó la atención, normalmente en pueblos así al lado de la parroquia se halla el cementerio, no era el caso, no se divisaba por las cercanías de la parroquia ninguna cruz, ninguna tumba. Prosiguió su lento caminar por el sendero, el pueblo ya se quedaba atrás, un cartel de madera casi derruido le indicaba la dirección del pantano. Su amigo Phillip le había insistido mucho, no podía irse de Gouyan sin verlo, se iba a quedar maravillado de las mezclas de colores del paisaje. Tenía razón, pequeño pero hermoso, tranquilo pero estremecedor, sereno pero inquietante… y arriba, las ruinas del castillo sobresalían majestuosamente pero con intimidación. Quería ir allí, seguro que desde el castillo las vistas eran aún mejores. Tardó más de cuarenta minutos en llegar, no eran muchos metros la distancia recorrida pero el camino era abrupto, difícil y barroso.

Del castillo propiamente dicho quedaba bien poco, sólo el torreón central y parte de la muralla eso sí, altas, muy altas. Con cuidado se acercó al precipicio, abajo el pantano, hermoso; sin querer le vino el recuerdo de Pier, el niño muerto, -“¿cómo habría sido?”-, si se cayó desde este lado del castillo debió de padecer mucho, toda la caída era pedrusco, su cuerpo debió de sufrir muchísimas heridas, mortales, por eso le encontraron desangrado.

Bruscamente una gruesa niebla invadió el lugar, sin previo aviso la visibilidad empezó a ser casi nula. Jan no sabía que hacer, si andaba intentando bajar podía cometer algún error y precitarse al vacío; si se quedaba quieto, su escasa ropa de abrigo, un jersey y un anorak fino, no le iba a permitir resistir durante mucho tiempo la niebla fría, con esa humedad que se le iría calando entre sus huesos. Sin pudor decidió ponerse a cuatro patas, palpando el suelo despacio, su idea, conseguir meterse dentro de las murallas del castillo y acurrucarse en alguna esquina hasta que pasase la niebla. Lo consiguió, no se atrevía a recorrer más, la niebla densa no le permitía ya ver más allá de sus narices. Perdió la noción del tiempo, acurrucado, con la cabeza entre sus rodillas, no sabía cuanto tiempo había pasado desde que la niebla dejó traslucir algunos claros. Empezaba a desaparecer, se sentía aliviado, por su dichosa manía de no llevar reloj siempre que estaba de vacaciones no sabía ni qué hora era; sus ojos empezaron a rastrear por sus alrededores, por dentro los restos del castillo infundían respeto. Algo se veía al fondo, no se distinguía con claridad, algo en movimiento, como sombras; al principio una sola, luego varias… las sombras le rodearon, le atraparon, le arrastraron, le hacían daño.

Le encontraron sin conocimiento, casi en estado de hipotermia a la orilla del pantano, mal herido, había perdido mucha sangre; Julia, la dueña del Hotel, había dado la luz de alarma, habían pasado más de 24 horas desde que lo abandonó después de desayunar y no había vuelto, dejando su coche en el pequeño parking trasero.

Jan recuperó la conciencia, en la cama de la clínica sin saber porqué se encontraba ahí, no recordaba nada de lo sucedido, sólo su paseo por el pueblo. Nadie le sabía explicar con exactitud que había pasado, sólo una mera suposición, había subido a las ruinas del castillo y un pie en falso le había hecho precipitarse por el barranco.

A los pocos días abandonó la clínica, sólo deseaba llegar al Hotel y así poderse tomar un gran baño de agua caliente. Mañana regresaría a la ciudad.
Relajado tras el baño, aunque con el cuerpo todavía un podo dolorido, se metió en la cama; no tardó más de diez minutos en conciliar el sueño. Se sumió rápidamente en un sueño profundo, muy profundo.

Un bulto, luego varios; al principio formas amorfas, luego más nítidas… cruces, capas y a lo lejos, un rostro familiar con el terror escrito en sus ojos. Le llamaban, le rodeaban, no le tocaban, sólo le llamaban. Cuanto más se acercaban más distinguía, no podía ser¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡, -“Dios, son Templarios¡¡¡¡”-; pero todo era un sueño, él sabía que era sólo un sueño, se tenía que despertar YA.

Julia le encontró, rápidamente llamó a Anthony, el médico jefe del pueblo; mientras contemplaban su cuerpo sin vida en la cama no tenían ninguna duda, se lo habían llevado, la anterior vez no pudo ser pero esta sí; -“mejor a él”- pensaron, un extraño, un turista, así no se habrían llevado a nadie de ellos, al menos ese mes…

Jan les gritaba desde lo alto de la colina, a Julia, al Jefe de Policía, al médico, -“¿qué miráis?, mirad arriba, aquí, en la colina¡¡¡¡”, -“¿no nos veis?, ¿a mí, a Pier? estamos aquí, SACARNOS DE AQUÍ¡¡¡¡ 

Pero no estaban solos, estaban ellos, con sus capas blancas, sus armaduras…

A través de la sangre de sus víctimas el Santo Grial se alimentaba, mes a mes, año a año, siglo a siglo, y el Grial a ellos.

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date6 Dic

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