“Exquisite goût”




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“Exquisite goût” se había convertido en sus dos años de existencia en uno de los mejores Restaurantes de la ciudad; platos suculentos, caldos exquisitos y sobre todo, el trato afable de su personal. Todo aquel que quisiese pasar una agradable velada sabía donde ir, no se dudaba.

Pero no fueron nada fáciles los inicios para Gerard, abrió el restaurante hacía dos años gracias a una pequeña herencia que le había dejado su abuelo. Al principio sólo estaban él, como Chef, un cocinero y dos camareros; ahora, cinco cocineros y doce camareros hacían las delicias de los comensales, y por supuesto él, el Gran Chef. Su devoción por la cocina le vino muy temprano, en su adolescencia, siguiendo la huella de su amado abuelo, que para Gerard era el mejor Chef del mundo; él le había enseñado todo lo que sabía, sus recetas, sus trucos…. 

Ahora todo le sonreía, su restaurante iba viento en popa, y por fin había podido comprar el pequeño palacete de sus sueños. Además, no se podía quejar de su vida sentimental, guapo y con dinero, pocas mujeres eran las que no se quedaban prendidas de él. Pero Gerard las prefería anónimas, mujeres independientes, sin ataduras familiares, sin amigos; decenas de mujeres así habían aparecido en su vida y de igual manera, desaparecieron, pero no le preocupaba, había más, las tenía siempre que quisiese y cuando quisiese.

Ese día era especial, una prueba de fuego, ni más ni menos que el Vicepresidente del país había elegido su restaurante para celebrar sus bodas de plata. Decidió que iba a cerrar esa noche el restaurante para el resto del público, tan distinguido cliente se merecía tener todo el restaurante reservado para él y para sus familiares y amigos. Citó a sus empleados temprano, había que preparar con muchísimo esmero el menú y no se le podía pasar ningún detalle. Pero todo iba bien, el pescado y el pollo ya condimentados, listos para meterlos en el hono en el momento preciso, y la carne, bueno¡¡¡ eso era cosa suya, la iba a preparar según su receta especial que tan famosa se había hecho entre los clientes de su restaurante.  De primero, el Vicepresidente lo había dejado claro, un buen surtido de marisco de primerísima calidad, no importaba el precio, ostras, centollas, langostas… y todo acompañado con un buen caldo blanco.

Los comensales empezaron a llegar, para recibirles, una copa de Möet & Chandon, no serían más de cincuenta. Todos elegantemente vestidos, algunos quizás exageradamente elegantes; las voces ya llenaban el aire del restaurante, política, deportes, moda… distintos temas de conversación en cada grupito de invitados, caras distendidas, relajadas. Por fin aparecieron los homenajeados, la sala irrumpió en un sonoro y caluroso aplauso, veinticinco años de casados lo merecían. La velada transcurría perfecta, el marisco, elogiado una y otra vez y luego los segundos, el pollo enmielado, las dorada a la sal, la carne…, los caldos, blancos y tintos, todo exquisito. Pero de improvisto algo les sacó de sus animadas conversaciones, Edgard, el sobrino menor del Vicepresidente se estaba ahogando, la cara roja, ya casi morada, con desesperación se llevaba las manos a su cuello, rápidamente Gerard se abalanzó sobre él y con fuerza y firmeza le agarró por detrás ejerciéndole presión con sus manos cerradas sobre el hueco del estómago; Edgar expulsó por su boca lo que le había hecho atragantarse, un pircing¡¡¡¡¡, -“cuando te has puesto un pircing en la lengua???”- , le increpó su madre, -“nunca”- pudo balbucear el pobre Edgar entre tos y tos.

Todo quedo en un susto, las grandes bandejas de plata con un variado surtido de postres les hizo rápidamente olvidar el incidente. Pero no para Gerard, se maldecía interiormente, no entendía cómo se le había podido pasar; para la próxima vez iba a tener muchísimo más cuidado, si su abuelo siguiese vivo le hubiese recriminado muchísimo tamaña dejadez, seguro. Había que tener más cuidado.

Pasaron los días sin más, el restaurante presentaba todos los días un lleno absoluto de clientes pero Gerard tenía una preocupación en su cabeza, tarde o temprano iba a tener que quitar de la carta, al menos temporalmente, su receta de carne tan solicitada por sus clientes. Eran tiempos difíciles y cada vez le costaba más encontrar esa carne especial que hacía de su plato algo tan exclusivo, las reservas se iban acabando. Tumbado en el diván de su salón, Gerard intentaba recordar con exactitud los consejos que su abuelo le dio para casos así, cuando la carne  empezase a escasear; él sabía que en parte era por su culpa, por su dejadez. Tenía que hacer algo, y pronto. Sabía que en la ciudad iba a ser difícil encontrarla a corto plazo, para estos casos su abuelo fue tajante, -“cuando esto te ocurra, ves a los pueblos de la sierra, allí encontrarás buena carne”-, Sin dudarlo llamó a Pet, su segundo, se tenía que ausentar unos días, le dejaba a cargo del restaurante.

A la mañana siguiente partió pronto, la luz del día tímidamente empezaba a aparecer; lógicamente había cogido la mejor furgoneta frigorífica de las tres que tenían. Sabía que sus empleados iban a volver a murmurar, no llegaban nunca a comprender porqué tenía que ser él en persona quien se ocupase  del aprovisionamiento de carne para el restaurante; pero a él le daba igual, que murmurasen todo lo que quisiesen, este tema era sólo suyo, y de su abuelo.

El viaje no era largo, cuatro horas si no paraba ni una sola vez aunque maldecía el punto de velocidad de la furgoneta, -“en mi coche esto lo hago en no más de tres horas”-, masculló para sí. Ya se había planeado el recorrido una vez llegase a las montañas, había cuatro o cinco pueblos próximos entre sí que su abuelo le había recomendado; primero, lo tenía claro, dedicaría todo un día para examinarlos, había que encontrar la mejor carne y lo mejor para ello era tantear pueblo a pueblo, no quería apresurarse con la primera mercancía que encontrarse.

Acabó exhausto, el viaje y la inspección por los dos primeros pueblos le habían agotado. Tumbado en la cama del pequeño hotelito montañés que había encontrado, repasaba mentalmente todo lo inspeccionado. Tenía claro que lo encontrado en el segundo pueblo visitado no era de su agrado, la carne era escasa y “blanda”. Esperaba tener más suerte al día siguiente en sus visitas a los otros pueblos. Y así fue, Monte Agudo era el pueblo más pequeño de todos pero quizás el hecho de estar más metido entre las montañas y con un aire más puro y frío, producía que tuviese la carne más fresca que en ningún de los otros pueblos. Lo había decidido, volvería al hotel a descansar y al día siguiente, antes de que amaneciese, retornaría a Monte Agudo.

De vuelta a la ciudad Gerard se sentía orgulloso, gracias a su simpatía y don de gentes había podido conseguir cinco piezas enteras de carne de muy buena calidad. Aunque algunas piezas por su peso le habían costado dios y ayuda subirlas a la furgoneta para meterlas en los plásticos antes de clavarlas por fin en los ganchos. Cuando llegase a su casa aparcaría la furgoneta en el garaje y así, por la proximidad con la cámara frigorífica que se había hecho instalar en su sótano, podía descargar la mercancía fuera de los ojos de sus vecinos, a nadie le agrada ver carne cruda, sangrienta.

Y así lo hizo, se sentía agotado, una buena ducha y una buena copita de vino le ayudaría a reconciliar el sueño fácilmente. Mañana le quedaba otro día duro, en el “matadero” que se había construido en el sótano iba a tener que limpiar las piezas, trocearlas y deshuesarlas para finalmente aderezarlas con los aceites y especias de la receta especial de su abuelo.  Pero eso sí, esta vez no cometería ningún error, cuando las limpiase y las quitase todo el pelo y vello se aseguraría de no dejarse en ninguna parte del cuerpo, orejas, ombligo, senos, lengua… ningún pircing o parecido.

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