Siempre le había gustado hacer de “celestina”, era un hobby para ella, ya desde adolescente cuando iba al colegio del Sagrado Corazón; lo suyo era arreglar citas de sus compañeras con los chicos del Instituto cercano. Disfrutaba, valía para ello, de su boca parecía todo sincero aunque dijese alguna mentirijilla o exagerase sobre alguna cualidad de Fulanita o de Menganito. La causa lo merecía.
Aunque también tenía que reconocer que más de una vez le salió el tiro por la culata. Siempre se sonreía al recordar el caso de Lucas y Sofía, quien se lo iba a decir que al final Lucas, tan guapo y tan deportista, tuviese otras inclinaciones sexuales… Más de un embrollo le causó eso, ¡¡¡¡claro!!! Lucas no iba a reconocer que era gay en esa fábrica de testosterona que era el Instituto¡¡¡¡
Ya era más mayor pero seguía haciéndolo, más de una boda había conseguido entres sus compañeros de trabajo e incluso, unos de sus retos, su ginecólogo con su enfermera. Ay¡¡¡ siempre se acordará del primer día que fue a ese ginecólogo, se lo pasó tan bien observando como se atraían en silencio pero que eran incapaces de decirse nada. Pero lo consiguió, y como no podía ser de otra manera, fue invitada a la boda, tenían mucho que agradecerle.
Pero estaba Juana, no podía decir que fuese su amiga del alma, la verdad es que amigas íntimas nunca había tenido, -y tampoco las había necesitado-, pensaba ella. Aún así Juana le preocupaba, había conseguido varias citas para ella, pero todas habían sido un desastre, un verdadero desastre y no porque fuese fea, tampoco era Kate Moss pero tenía su atractivo; simpática? como la mayoría de los mortales; temas de conversación? los típicos de la gente de la ciudad…. Pero algo fallaba y no sabía lo que era, eso le ponía mala.
Después de varios meses sin ver caras nuevas en la oficina entró Marcos; treinta y tantos, licenciado en Económicas y con un Master en Gestión de Empresas de esos Institutos que son todo siglas. Ni feo ni guapo pero con algo que le hacía muy interesante; educado, con unos modales que rápidamente cautivaban a las mujeres, incluso a Juana.
Sus pesquisas fueron rápidas, no estaba casado ni tenía novia, no era gay. Simplemente se estaba tomando un tiempo “sabático”, no hacía más de un año que había roto con su novia de toda la vida. Perfecto¡¡¡¡, a Juana le gustaba Marcos, esta vez si lo iba a conseguir…
Pero tenía que empezar suave, más de una vez al intentar solucionarlo rápido se le había estropeado todo. Y nada mejor que una inocente salida de varios compañeros de trabajo al terminar en la oficina. Risas, charlas, cerveza, alguna que otra partida de dardos; y así fue, ella se preocupó muy mucho de que Juana y Marcos estuviesen mucho tiempo juntos, como compañeros de dardos, sentados el uno al lado del otro mientras criticaban a los jefes. Congeniaron y lo que era mejor, Juana y Marcos se gustaban, eso creía ella pero, no había que acelerarse.
Lo repitieron cada semana, preferentemente los jueves pues aunque se acostasen tarde y tuviesen que madrugar, qué carajo¡¡¡ al día siguiente era viernes. Llegaron a bautizarlo como el jueves koreano. Pero ya no le hacía tanta gracia, en las primeras salidas eran pocos, y ahí era más fácil preparar y controlar que Juana y Marcos estuviesen juntos; el rumor de lo bien que se lo pasaban se había extendido tanto por toda la oficina que ya eran demasiados.
Tenía que tomar una decisión rápida; ya está, invitaría a cenar a su casa a Juana, a Marcos y a César, no es que le gustase César pero durante años él había sido su cómplice siempre que le había necesitado en sus quehaceres de celestina.
Iba a ser un sábado por la noche perfecto, los tres aceptaron muy gustosamente la invitación, a las nueve en su casa. De primero, para picotear, jamón ibérico, queso manchego, ensalada de angulas con endivias y unas almejitas a la marinera que le salían estupendamente. Y de segundo, cordero al horno. Acompañado todo con un buen Reserva de Rioja.
Velada perfecta, el buen humor de todos iba en aumento según pasaban las horas, quizás porque ya llevaban descorchadas tres botellas… A las dos decidieron que ya era hora de irse, había estado todo perfecto y la próxima vez se reunirían en casa de César, hacía una lubina a la sal para chuparse los dedos, según él.
Se fueron en Taxi, primero dejarían a César, luego a Juana y finalmente a Marcos. Mejor imposible, una vez que dejasen a César, ellos iban a estar a solas y quien sabe, a lo mejor el Taxi terminaba su servicio en la casa de Juana…
Ardía en deseos de saber, no sabía si llamarla o esperar al lunes cuando fuese a la oficina para que Juana le contase como terminó la noche. Decidió esperar al lunes, resultaría raro llamarla un domingo, nunca antes lo había hecho.
Juana le contó, -una vez que César se bajó del Taxi, Marcos no paró de intentarme besar, de tocarme, estaba como loca por llegar a casa y desembarazarme de ese pesado-. Pesado???? Pero si te gustaba???? Si preparé todo para que acabaseis juntos????. Esto era demasiado, pero qué se creía la tonta esa¡¡¡, todos sus esfuerzos, el dinero que se gastó para la cena, todo¡¡¡¡¡
Durante semanas dejó de ir a los jueves koreanos, con Juana ya sólo hablaba lo mínimo y necesario; no tenía ganas de nada, ese nuevo “fracaso” le obsesionaba mucho, le hacía sentir como una perdedora, de acuerdo que no siempre había conseguido un final feliz, pero esta vez era distinto. Se sentía mal.
Al poco tiempo Juana dejó de acudir a la oficina, nada se sabía de ella, no había comunicado al Departamento de Recursos Humanos su intención de dejar el trabajo. Había desaparecido, todas sus cosas seguían en su casa. La Policía les interrogó uno a uno, -con quién se veía, si conocían algún familiar, si la habían encontrado rara en los últimos días….-
A los pocos días Juana apareció muerta en un descampado al sur de la ciudad, cerca de una zona industrial. No la habían violado, no la habían robado, sólo la habían golpeado salvajemente hasta matarla. Las investigaciones policiales sólo pudieron limitar que había sido golpeada presuntamente con los puños, lo que demostraba clarísimamente que había sido un crimen pasional.
Las primeras semanas después del hallazgo del cuerpo de Juana, los ánimos entre sus compañeros de trabajo estuvieron por los suelos; unos más, otros menos pero todos en cierta medida se sentían apesadumbrados y sobre todo, por la forma en que había muerto, de esa manera tan cruel, tan salvaje. Pero poco a poco las cosas volvieron a su cauce.
También para ella… se había dado cuenta que una de las recepcionistas no hacía ascos a los piropos y miradas del mensajero. Ya volvía a tener un “objetivo”, eso le hacía sentirse plena, la vida en el fondo era bella, pensaba.
-No soporto verla mal, y cómo sufrió por culpa de la tonta de Juana¡¡¡, no era la misma, casi se deprime-, -pero aquí estoy yo, para cuidarla, para ayudarla, para “borrar” a todas esas desagradecidas que no saben valorar todo lo que hace por ellas, todos sus esfuerzos-.
El teléfono le sacó de sus pensamientos, -¿si?, si soy yo, César Martínez, ¿qué desea?-, contestaba educadamente mientras se frotaba suavemente los nudillos, todavía un poquito doloridos.