Autores: Sonia&Marite

Era octubre, la mañana era cálida, una nueva familia se estaba mudando al barrio, eran los González. Claudia, la mujer, había abierto un bar en una calle cercana; una nueva casa, un nuevo negocio, seguro que las cosas les iban a ir mejor, el negocio iba a prosperar.

Un hecho curioso fue que los González habían conseguido su nueva casa a un precio mas bajo de lo que valían las casas en ese barrio. Su antiguo dueño se mudaba a otra ciudad, tenía urgencia de venderla, eso les dijo.

La familia González estaba compuesta por Sergio, un hombre trabajador y honesto, por Claudia y sus tres hijos, Roberto de 15 años, Leonardo de 12 años y el pequeño César, de 8 años.

Claudia y Sergio se dedicaban al negocio por las tardes hasta altas horas de la noche, debiendo quedar sus hijos al cuidado de una empleada; cuando llegaban a casa, sus hijos ya estaban siempre dormidos, tenían que madrugar, el colegio.

El vecindario era bastante tranquilo, la gente era educada pero pasadas unas cuantas semanas, Claudia percibió algo extraño, detrás de las sonrisas y los saludos corteses, estos la miraban de forma extraña y como avergonzados, terminaban bajando la mirada.

Roberto tenía un sueño, llegar a ser estrella de rock, por lo que todas la tardes, después de terminar sus tareas del colegio, practicaba y practicaba con su guitarra, siguiendo un curso que su abuelita, después de mucho rogarla, le había comprado.

Era miércoles, Roberto ya había acabado sus tareas escolares y de practicar con la guitarra, ese día le tocaba jugar en el ordenador, sus padres tras las broncas continuas de sus hijos por el uso del ordenador, habían establecido turnos por días. Call of Duty, gran juego, era su preferido, se introducía en el juego como formando parte de la historia pero algo le sobresaltó,  el sonido de unos acordes de guitarra le llegaban desde su habitación. –“Qué raro¡¡”- pensó, –“si la he guardado en su estuche”-.

Abandonó el juego y con paso firme se dirigió hacia su habitación para ver que estaba pasando, la guitarra estaba sobre su cama, fuera de su estuche. Furioso se dirigió al Salón, sus hermanos se encontraban viendo  la TV, -“os tengo prohibido que toquéis mi guitarra, no es un juguete”-. Sus hermanos le miraron extrañados, no sabían de qué les estaba hablando, ellos no habían tocado la guitarra, le juraron.

Al día siguiente, en el almuerzo, Roberto les contó a sus padres que sus hermanos habían tocado su guitarra, Leonardo y César empezaron a protestar, ellos no habían tocado nada¡¡¡, empezaron a discutir. Su padre, enfadado, les ordenó que se callaran de inmediato, les repitió la orden de que no debían jugar con la guitarra, no era un juguete.

Esa misma tarde, mientras Roberto se encontraba en el baño, volvió a oír otra vez su guitarra, eran unos acordes melodiosos, acompañados de una risa, suave como si una niña dulce y tímida estuviese allí, en su habitación. Extrañado y algo asustado se dirigió a ella, de nuevo la guitarra en su cama, fuera del estuche. Pero esta vez no eran sus hermanos, habían ido con la empleada al dentista.

Asustado llamó a sus padres al bar, el ruido de fondo era ensordecedor, su madre no le entendía lo que decía y además, estaban muy ocupados, ya hablarían cuando llegasen a casa.

Por fin llegaron sus hermanos, no les dijo nada, eran pequeños, no quería asustarlos. La empleada les preparó la cena, cenaron tranquilos. Una vez que sus hermanos se acostaron ya a dormir se fue a la habitación de sus padres a ver la TV, estaba mucho mejor allí que en Salón, tumbado en la cama. Unos ruidos vagos provenían de la piscina, como chapoteos, que se fueron incrementando al momento, “-alguien se ha colado al jardín”- pensó; fue en busca de la empleada, la encontró en su cuarto, ya se disponía a acostarse, ella no había escuchado nada pero ambos se dirigieron al jardín, todo estaba tranquilo, el agua de la piscina calmada.

Roberto no podía escapar del miedo que ya empezaba a hacerse intenso, lo había escuchado, no era su imaginación. No se atrevió ir a dormir a su habitación, se quedó en la de sus padres, les iba a esperar para contarles todo. Sus padres regresaron, Roberto estaba dormido, eran más de las dos de la madrugada y el sueño había podido con él. Le despertaron, -“hijo, te tienes que volver a tu cama”-, soñoliento no paraba de murmurar, – “os juro que lo escuche, no estoy mintiendo”-, -“tranquilo, mañana hablamos, descansa cariño”-, le susurraba su madre mientras le acompañaba a su cuarto.

A la mañana siguiente, tras el desayuno, Roberto le contó todo a sus padres, su madre después de escuchar el relato le dijo –“hijo, miras mucho la televisión y siempre has tenido mucha imaginación¡¡, no te preocupes, en la casa no pasa nada”-. Pero Claudia se quedó preocupada, quizás era una forma de llamar la atención, le agobiaba el no poder estar mucho tiempo con ellos, debían hacer prosperar el negocio cuanto antes y así poder atenderles como se merecen, quería darles un buen futuro.

Pasaron varios días, ningún acorde de guitarra, ninguna risa, ningún chapoteo en la piscina. Todo estaba tranquilo.

 

Recién llegaron del colegio, Roberto necesitaba una buena ducha, había tenido entrenamiento y odiaba la ducha del Gimnasio. Disfrutando del agua, tarareaba una canción que le estaba costando tocarla en la guitarra, no daba con los acordes. Empezó a sentirse intranquilo, una rara sensación le iba invadiendo, en el baño había alguien más; bruscamente corrió la cortina, alguna broma de sus hermanos, pero no había nadie. Siguió duchándose, pero ya no cantaba, no les iba a permitir que le tomasen el pelo. La cortina empezó a deslizarse lentamente, atónito y asustado se arrinconó en la pared; la vio, la imagen de una niña, el brazo izquierdo desfigurado, el rostro amoratado.

 

Un grito desgarrador salió de la garganta de Roberto, se desvaneció, su cuerpo empezó a convulsionarse. La empleada, alertada por el grito, corrió hacía el baño, ahí estaba Roberto, tirado en el suelo de la ducha en un estado de convulsión violenta. Asustada llamó urgente a sus padres, los cuales llamaron a los Servicios de Urgencia que se personaron rápidamente en la casa. Los padres, asustados, cerraron el bar y se dirigieron raudamente a su casa; al llegar encontraron a Roberto profundamente dormido, le habían sedado. Los médicos les indicaron que debían llevarlo a la mañana siguiente a la Clínica, había que realizarle unas pruebas neurológicas.

 

A la noche Roberto se despertó, como drogado se dirigió a la habitación de sus padres, les contó lo sucedido, la madre le escuchaba en silencio. Decidieron que lo mejor sería enviar a sus hijos unos días a casa de sus abuelos, al campo, iba a ser lo mejor.

Ya llevaban varios días sus hijos fuera, Claudia les echaba de menos pero allí estaban bien. El sábado por la noche Claudia se sintió indispuesta, su marido preocupado la aconsejó que se volviese a casa, tenía que descansar, estaba agotada. Hacía frío, no encontraba las dichosas llaves de la puerta de su casa, tocó el timbre, en la casa estaba la empleada. Alguien con voz infantil le preguntó, -“¿quién eres?”-, Claudia contestó -“soy yo, ábreme la puerta Soledad”-. –“no te conozco, vete de aquí”-, “Soledad, no estoy para bromas, ábreme la puerta” -.

-“Eres malvada, no te quiero, vete de aquí”-, le gritó la voz infantil. Malhumorada, Claudia buscó con impaciencia sus llaves, las encontró. Entró en su casa, enojada se dirigió a la habitación de la empleada, ni que hubiese estado bebiendo¡¡¡, pensó; Soledad estaba dormida, la despertó, no había oído el timbre.

Claudia recordó, la risa de una niña, los acordes de la guitarra, el ruido en la piscina, la niña en el baño…, todo lo que Roberto había visto y oído. Terriblemente asustada se lo contó a su esposo, él no entendía, discutieron fuertemente, Claudia no quería seguir viviendo en esa casa. Sergio se fue calmando, la mirada asustada de su mujer, lo que le había sucedido a Roberto…, cedió, venderían la casa y se irían de allí.

Llegó de nuevo el día de la mudanza, habían vendido la casa por mucho menos de lo que les había costado. Claudia cerró la puerta, por última vez miró la casa, suspiró, detrás de ella una anciana murmuró, -“La niña… nunca se supo que pasó con ella, era hermosa, tan chiquita tocaba la guitarra como los ángeles”-. 

Nota de las autoras: "Esta historia esta basada en los extraños acontecimientos que le sucedió a una familia cercana a nosotras".

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date24 Ago

4 Responses to “La Casa y la Niña”

  1. daiana
    23:31 on Septiembre 20th, 2007

    MUY BUENA, PERO NO ERA LO QUE ESPERABA

  2. naisa
    10:28 on Octubre 5th, 2007

    fijo q hoy no durrmo

  3. anitaa=)
    16:09 on Junio 7th, 2009

    laa istooria cagaa bastaante desdee luegoo.. oi no dueermo segurisimoo vamos, qee cagee!!

  4. laura
    6:01 on Junio 16th, 2009

    q d + m enknto y tbn m dio mucho miedo…

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