Llovía y estaba oscureciendo, mejor cerrar por hoy, pensó, a penas había tenido alguna venta ese día. Le quedaba un gran trecho por caminar para llegar a su casa, además tenía que llegar antes que su marido y así poder tener preparada la cena para cuando él llegase, sino, ya lo sabía, gritos, golpes…
Salió y cerró, a punto estaba ya de encaminarse por la avenida cuando Phil, el barbero, se le acercó, -“otra vez ha vuelto a pasar Mery, como la policía no haga algo pronto no sé que va a pasar con nuestros hijos”-, -“¿Quién ha sido esta vez?”- preguntó Mery, -“William, el pequeño de los Halmiton”-, “Dios mío¡¡¡¡ si sólo tiene cuatro años”- expresó atormentada Mery.
Preocupada y afligida tomó rumbo a su casa. Anthony ya había llegado, su hijo Jesse no, -“nunca sé donde se mete este chico, y con lo que está lloviendo”-. Anthony la contó, William había sido encontrado en una pequeña cabaña colgado de las manos desde el techo, cubierta su espalda de laceraciones y fuertes moretones.
Con William ya eran tres los niños pequeños que habían sido encontrados golpeados y vejados desde que empezó el otoño. Pero no se tenía que preocupar por Jesse, quien estuviese haciendo esas atrocidades los quería niños, su Jesse ya tenía 16 años y además, era muy robusto para su edad, estaba igual de grande que su corpulento padre, e igual de pesado en sus andares.
La cena se desenvolvió sin ningún incidente, tanto sus hijos como ella habían aprendido, a base de golpes, a permanecer en silencio mientras el patriarca de la familia hablaba y esa noche, estaba especialmente charlatán e incluso parecía contento.
Pasaron varios días tranquilos, sin ningún ataque más; sino fuese por los ataque a los niños, el pueblo era redomadamente tranquilo, rayando el aburrimiento. Sólo disponían de una cafetería y de un cine que se pasaba más tiempo cerrado que abierto. Pero tenían el páramo, lo más bello, el lugar preferido de los chavales; ahí corrían, jugaban e incluso, pescaban y cazaban.Pero la tranquilidad duro poco, Tracy Cole fue encontrado atado a un árbol, con los ojos morados, los dientes frontales partidos, la nariz rota y su cuerpo de siete años cubierto de heridas y cardenales.
Al día siguiente, Mery y Jesse se encontraban colocando el último pedido recibido, dos cajas grandes de juegos completos de sábanas, los había verdes, rojos, azules… Esta vez no los quería guardar en el sótano, eran tan llamativos y con esos dibujos tan cálidos… tenían que ser vistos por todos sus convecinos. Un rayo de color para ese otoño tan “oscuro”. Se interrumpieron en sus quehaceres cuando de la calle les sobrevino súbitamente las voces y gritos de sus vecinos; sobresaltados salieron de la tienda para averiguar que ocurría; Robert Mayer había sido encontrado en el páramo, desnudo, le habían golpeado todo su cuerpo con una vara de hierro. Pero esta vez hubo más, Robert había podido relatar algo de su agresor, era alto, corpulento y a pesar de la máscara, pudo ver su cabello castaño y que… mientras le golpeaba, pudo a duras penas observar como se tocaba cada vez más deprisa en la entrepierna.
Todos estaban indignados, ¿qué degenerado era capaz ya no sólo de golpear a niños indefensos sino también de masturbase mientras lo hacía, disfrutando y excitándose del dolor que infligía?
Mery y Jesse regresaron a su casa recorrieron el camino en silencio, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos. Esa noche, el padre estaba otra vez especialmente locuaz, distendido, bromista; al menos sería otra noche tranquila, sin gritos, sin golpes, sin insultos.
Llegó el día de Todos los Santos, festivo; Mery tenía, muy a su pesar, que preparar la comida para su familia y para los hermanos de sus marido, pavo y puré de patatas. Fiesta para ellos, para Mery era un suplicio, los hermanos de su marido no eran mejores que él. No podría nunca olvidar el día de Todos los Santos de hacía ocho años; Jesse había tropezado antes de llegar a la mesa, llevaba en sus manos la fuente con el puré de patatas. Primero fue su marido, luego se le unió el resto de sus hermanos, los golpes de cinturones sobre el cuerpo tirado en el suelo del pobre Jesse parecían no tener fin.
La comida familiar transcurrió sin ningún sobresalto; los hermanos de su marido, con las panzas llenas y borrachos, querían ya marcharse. Abandonaron la casa alegremente acompañados por su marido. – “Gracias a dios¡¡¡, se fueron, todos ellos…”- sonrió para sí.
A la mañana siguiente encontraron a Pratt, esta vez el agresor había elevado su nivel de atrocidades, el cuerpo del desdichado niño de cinco años había sido mordido y arañado salvajemente. Varias veces le habían clavado una larga aguja en diversas partes del cuerpo.
Mery se enteró de la noticia mientras atendía a Anita, quería unos paños de cocina; su corazón le dio un vuelco, empezó a hacer memoria, siempre que se habían producido los ataques, su marido aparecía después de muy buen humor y además… algo que siempre le había estado perturbando durante años, la mirada de “placer” de su marido siempre que por cualquier motivo, incluso insignificante, golpeaba a sus hijos. Sintió terror, asco, pero podía ser. Todo ese otoño su marido no había levantado ni una sola mano ni a sus hijos ni a ella, tampoco ningún grito.
Su odio hacía aquel hombre que durante años había hecho de su hogar un infierno era tan brutal que no la hizo dudar ni un ápice mientras se dirigía a la policía. El Comisario la miró sorprendido, delante de él tenía a una mujer acusando a su marido sólo por un presentimiento, no había pruebas, no había nada sólido para sospechar de él pero… al fin de cuentas, lo podían investigar, no tenían nada más, llevaban tiempo en un callejón sin salida.
Fue detenido, aprovechando su conducción en estado ebrio, cercanas las fiestas navideñas. El Comisario se la jugó, no tenía nada que perder, sabía que ese borracho no le iba a generar ningún problema acudiendo a un abogado. En una rueda de reconocimiento, todos los niños menos los dos más pequeños le reconocieron, no su cara, sino su cuerpo corpulento, sus amanes, sus movimientos. Fue condenado a cadena perpetua.
La pesadilla había acabado. Mery respiró con tranquilidad y satisfacción, no sólo se terminaba los ataques a los niños sino también, ella y sus hijos encontrarían por fin la paz que les había sido robada hacía años.
Era Navidad, los adornos navideños se encontraban por todas partes, en las calles, en las casas, en las tiendas. Mery se encontraba feliz, había quedado con su hijo Jesse para adornar la tienda, se demoraba, -“cómo siempre este chico haciendo lo que le venga en gana”-. No recordaba bien donde habían guardado las cajas con los lazos, las bolas… en el sótano, creyó recordar.
Harry Jon estaba ahí, atado por las manos desde el techo, desnudo, brazos y piernas ensangrentadas, delante suya, en cuclillas, la espalda corpulenta de su marido, dios¡¡¡ se ha escapado¡¡¡, suavemente el rostro se giró hacía ella, ahí estaba, Jesse, navaja en mano a punto de rebanar el pene a la desdichada criatura.